CAPITULO 11
“Las Flechas Incendiarias” ____ Cae la tarde a tus espaldas, Santa María de los Buenos Aires, y este día de invierno, peor que el de ayer y peor que el de mañana, se lleva en las faltriqueras encendidas del sol, un retazo más de la esperanza que me trajo a estas tierras...___Iba diciendo Don Pedro de Mendoza con melancólico pesimismo, mientras su séquito lo transportaba sobre una parihuela, desde su casa hasta una canoa amarrada en la costa. El médico Hernando de Zamora, quien había ordenado el traslado por cuestiones de seguridad, luego de los comienzos de las hostilidades con los querandíes, le indicaba a los pajes que apuraran el paso. Una guardia de veinte soldados con pecheras, yelmos y armados con arcabuces y ballestas, iba custodiando con respetuosa benignidad al Adelantado. Escondidos entre los arbustos, los querandíes vigilaban los movimientos y golpeaban los parches des sus tambores como preanunciando un nuevo ataque. ___¡Vamos indígenas!___Gritó Don Pedro de Mendoza en un arranque de esforzada y desafiante valentía.___ ¿Preparáis acaso otra de vuestras infames guerrillas? ¿No os alcanzan nuestras dádivas? Al pedir adornos, les dimos siete cofres...cuando solicitaron armas, les regalamos un arcabuz y cinco espadas...les hemos obsequiado alcohol para que aprendáis el arte de beber....Habéis vivido felices durante meses y...... Interrumpió un filoso sapukay proveniente de los arbustos cercanos. Mendoza, sensibilizado por la indignación, tuvo un rapto de ira e intentó descender de la parihuela replicando: ____....¡Salvaje alarido! ¿Buscáis capturar también al Primer Adelantado? ¡Pues aquí estoy monstruos chillones! El doctor Zamora lo tomó de los brazos sin escatimar fuerzas y lo obligó a quedarse quieto. ___Calma, Pedro, si te alteras estarás peor. ___¿¡Que no me altere?! Ja! Mi vida se termina como la llama del candil al ahogarse con parsimonia en el cebo derretido de los cirios rebalsados, ¿y tu pretendes que eres mi médico personal no comprendes mi reacción?...¡ Frascator! ¡Eh Frascator! (1) ¿No será que has escrito tu libro en un arranque de crueldad creativa? ¿Cuándo escribías, no será que carcomía tu pecho el maldito gusano del resentimiento contra los que sufren esta enfermedad y fabricaste la ilusión de una cura milagrosa que ni tu mismo conoces? ¿En donde está el bendito “palo santo” que puede curarme, Frascator? ___Miraba hacia los costados pensando en que los querandíes lo oían.___ ¡Guayacán, salvajes! ¡Frascator ha dicho en su libro que el “palo santo” se saca de una planta llamada Guayacán, que crece en vuestras tierras! ¡Lo necesito para apagar el fuego de mis llagas! ¡ Vamos indígenas! ____ Don Pedro de Mendoza sufría síntomas alucinantes y su piel ardía como una hoguera.____ Al que traiga el Guayacán le regalo toda mi fortuna. ¡Moriré si no lo encuentro! ¡ Frascator! Has escrito que lo que sufro es un mal americano y cada vez tengo más dudas de esto...¿No será esa una idea de tu fantástica imaginería poética? Los indígenas de estas tierras jamás invadieron Europa, pero nosotros, los europeos, nos hemos tomado la costumbre de invadir las Indias como si todo fuera nuestro! ¡Frascator! ¡Responde Frascator! ___ No más gritos, Pedro. ___Ordenó el médico con el fin de apagar la pertinacia delirante de su paciente. Los pajes continuaban su camino cuidando que el enfermo no caiga al suelo. ___¿O es que estás buscando zambullirte en los pozos más insoportables de esta enfermedad? ___Frasactor... Frascator...¡¡Frascatooor!! ___¿Para que lo llamas, si sabes que no puede escucharte? ¿No acabas de decir que estamos en las Indias? ¡Frascator está en Europa, Pedro! ____Pues que venga mi lugarteniente Juan de Ayolas, entonces! ¡El salió de aquí con órdenes precisas de traer el palo santo para curarme! ___Juan de Ayolas no ha regresado aun, Pedro. Calma, por favor, calma... Don Pedro de Mendoza lo miró como un niño desencantado, y al tomar conciencia de la respuesta que acababa de escuchar, sus ojos se perlaron de lágrimas. ___Ohh...si, comprendo, comprendo...___Respondió Don Pedro apagándose..___ Si estuviese aquí el pobre Osorio (2) nada de esto hubiese pasado..¡La maldición por haberlo condenado a muerte injustamente, persigue mis pasos...aunque ya ni caminar puedo.... Los navíos se mecían al compás de las olas sobre las aguas cenicientas del río. En la penumbra del crepúsculo, la silueta de “La Magdalena”, capitana de la expedición, se asemejaba a una mujer de voluptuosa estampa danzando en al ingravidez del espacio. Luis de Cepeda, el joven hermano de Teresa de Jesús, quien también formaba parte del grupo expedicionario, oraba con la mente por la salud del Primer Adelantado. A su lado iba el clérigo Miranda, que tenía afición por la poesía. Precisamente en ese instante, comenzó a deambular por la mente del poeta la idea de escribir una romanza que relatase estas desgraciadas secuencias de la conquista del Río de la Plata. (3) Cargaron a Don Pedro en una canoa amplia y remaron en dirección de “La Magdalena”. Cuatro gaviotas siguieron a los navegantes volando muy bajo. Luis de Cepeda quedó en tierra y volvió hacia la fortificación en compañía de algunos soldados. El violáceo de las nubes que encapotaban el cielo, se fundía en el oscuro de la noche que llegaba. Unos metros antes de que los españoles transpusieran las puertas, una flecha con punta de fuego se clavó en un poste de la empalizado del murallón. Apremiados por la amenazante circunstancia, los conquistadores dispararon sus arcabuces contra la maleza y se dieron prisa en cruzar los muros. Los gritos de los aborígenes cortajearon el frío viento de Junio y embistieron contra Buenos Aires decididos a destruirla para siempre. Desde la fortaleza, los españoles se defendieron con tiros de arcabuces y de ballestas, pero la oscuridad no les permitía apuntar con justeza. Una lluvia de flechas incendiarias, semejantes a chisporroteantes cometas, trazó combas estelares en el espacio. En el interior del pueblo, las mujeres abandonaban las viviendas y corrían de un lado a otro en busca de cubos de agua para apagar el fuego. Los techos de paja, carcomidos por las llamas, dibujaban figuras dantescas. Delante de una de las hogueras desde donde los querandíes encendían sus flechas, el cacique Yanduballo, excesivamente alcoholizado, tensionó los músculos tiznados de su cuerpo desnudo y lanzó un portentoso sapukay hacia arriba, como intentando atravesar la mancha pálida y descontorneada del lucero vespertino que traslucía el velo de las nubes. Caminando entre flechas y balas, sin que sus hermanos de sangre repararan en él, se acercaba Calcú llevando en sus brazos a Trujuí. Su meta inmediata era encontrar al cacique Yanduballo para pedirle que cesara el ataque. Desde el amanecer, Calcú había caminado varias leguas teniendo por meta la paz, y llegaba a Santa María de los Buenos Aires al caer la tarde, en momentos en que se despertaba en los hombres el más vil de los instintos: la violencia. (1) Frascator. Autor del libro “Syphilo”, escrito en 1530, y que hablaba de la sífilis. (2) Osorio era su primer lugarteniente. Un motín armado por Juan de Ayolas, para ganar el mando, hizo que terminara acusado de conspiración. Osorio, por orden de un presionado Don Pedro, fue ahorcado en las costas del Brazil, meses antes de que la expedición arribe al Río de la Plata. (3) Su poema es el primero escrito en estas tierras.
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